COVID SERIES: CONTAR SECRETOS
Con este post inicio una serie de entradas escritas durante los tiempos del covid, un periodo distópico y disfuncional de la humanidad que ocurrió apenas hace cuatro años y que pronto caerá en el olvido, como tantos hechos terribles, desde terremotos a genocidios, porque los humanos, desde siempre y cada vez más, vivimos cómodos en la ligereza de lo inmediato y lo pasajero, y además en el presente acechan nuevos retos y peligros, como el auge del narcisismo, el supremacismo, el simplismo y la mentira en los países más poderosos del mundo, los mismos factores que propagaron y manipularon la epidemia, sí, epidemia, no pandemia, del Covid-19. Escribo para compartir, para evitar el olvido, al menos no tan rápido, por favor. Lo que ocurrió, ocurrió, y volverá a ocurrir si lo olvidamos. No me refiero a la epidemia del Covid, sino al totalitarismo disfrazado de eficiencia, de pureza, de seguridad, de oportunidades para algunos.
No creo en la igualdad como promesa política, y desconfío de la prisa y la codicia disfrazadas de eficiencia y eficacia, pero menos me gusta el divisionismo y la separación, que solo conducen a estériles confrontaciones y dolorosas desgracias.
CONTAR SECRETOS
12.12.21
En estos tiempos de
mascarilla y habitación, neutralizado por el Covid, después de dos años de
actividades sociales mínimas y furtivas, mi ciclo de tertulianos se ha reducido
al mínimo. ¿A quién puedo contar mis secretos? La vida en sí no tiene sabor ni
color si no puede ser revisitada en la conversación, en la escritura, la
lectura, la broma, la memoria, porque lo que acontece pasa demasiado rápido,
muere en cuanto nace, ya ha pasado. Luego hay que hablar de ello, o es como si
nunca hubiera ocurrido. O lo contrario. Hay secretos que si no se cuentan se
enriquecen de vergüenza, de miedo y acaban por convertirse en una piedra de
aristas afiladas que convulsiona en nuestro interior como un cálculo en el
uréter. Nos gusta hablar, tenemos que hablar. Es una necesidad fisiológica,
como respirar o defecar.
Estos últimos días,
próximos a la natividad, cuando la gente se siente inclinada a reunirse, debo
de contenerme para no asustar o preocupar haciendo partícipes a los que me
quieren de la mala noticia: he pillado el Covid. Unos reaccionan con prudencia,
otros con excesiva confianza. En cualquier caso, me ha dejado fuera de juego, encerrado
dentro de la muñeca más pequeña de las matriuskas rusas, el espacio reducido de
mi cama, mi habitación.
Será la edad, pero
me estoy volviendo más prudente o más consciente. Algunos dirán que siempre lo
fui. Quizás es así. Desearía comentar los proyectos, los éxitos, los temores y
las decepciones, pero temo ofender, dar envidia, ser indiscreto, parecer vanidoso
o débil. Y ahí me quedo yo, dentro de la pequeña matriuska de madera, con el
olor a barniz aún presente, en mi soledad, con las palabras latiendo contra el
pecho, sin un receptor adecuado.
Antaño caminé mucho, gracias a un amigo mallorquin que tanto bien me hizo aceptándome en su grupo excursionista de la serra de tramontana. Aquellas marchas entre rocas calizas y arbustos que arañaban las piernas, a veces bajo la lluvia, o en la niebla, junto al mar o dentro de cuevas, con nieve o con calor eran, además de un regalo de belleza, una terapia para el alma sin igual. Hablaba y hablaba y caminaba y hablaba, con uno, con otra, y otra y más. Y al final del día, las piernas encalambradas, el pecho lleno de aire, vacío de palabras, uno regresaba a casa como nuevo.
Cuánto echo de
menos esas conversaciones. Años más tarde encontré un mal sucedáneo, gente a la
que llamé meretrices emocionales, profesionales a las que pagaba para que me escucharan
sacar la mala leche, o mis temores, mis frustraciones. Hablar de mis
debilidades frente a señoronas medio dormidas no me ayudó en nada.
Entre las muchas
lecciones que he aprendido de mi excepcional mujer, lecciones como que nada es para
siempre, que todo puede ser vendido o perdido, que no hay por qué abrir los
regalos delante del que te los entrega (muy oriental esto), ahora estoy
interiorizando la idea del júbilo interior, o del proceso interior. Mi pena es
mía, mi dolor es mío, mi preocupación es mía, mi alegría es mía. Suena egoísta
pero si hago memoria, esa fue la actitud de mi padre, que siempre guardó, por
respeto o por excesivo sentimiento protector, un silencio sobre los temas que
le atribularon durante toda su vida laboral, e incluso después, cuando ocultaba
las visitas a su madre para no disgustar a mi madre (suegras).
Ford Madox Ford en
su El buen soldado menciona la
importancia de los secretos en el matrimonio, y yo los extendería al total de
nuestras vidas. Aunque cuesta. La pulsión de contar algo se parece al llamado
sentimiento de vértigo, no al vértigo médico rotatorio, sino a la pulsión de
saltar al vacío cuando uno está al borde de un precipicio. Las palabras no
contadas están ahí, en el borde de los labios, cosquilleando, conectadas por un
mecanismo mental al deseo de notoriedad, o de perjuicio. Cuál sino podría ser
la motivación de sacar de un baúl de confianza una información que va a dejar
de ser útil para ti o incluso perjudicial, o que puede dañar a otros. Solo
somos dueños de nuestros silencios, de nuestros secretos.
Comments
Post a Comment